Era de noche y llovía, ahí fuera sólo se veía la calle oscura y fría. Había sido un día agotador, estaba hecho polvo. Decidí levantarme e ir hacia el baño, lavarme la cara y ducharme. No dejaba de darle vueltas a aquello que había ocurrido aquella tarde…
“No sirves para nada” Sonaba una y otra vez en mi cabeza. Esa frase fue dicha por la persona que más quería, y me había dejado tocado del corazón.
Me senté en el sofá y me puse a pensar en mi estilo de vida, el cual no me agradaba para nada. Lo que había llegado a ser para tanta gente… y lo que he acabado siendo. Un ser que no sirve para nada.
Todo comenzó aquella tarde de invierno, en la cual estaba paseando por un parque cercano a mi hotel. Y se cruzó ella, una chica guapa, que conocía de oídas. Me fijé que estaba ubicada en el mismo hotel que yo, y en recepción pregunté en qué habitación estaba, aunque estos no me dijeron nada. Así que me dirigí hacia el ascensor. Le estaba empezando a dar demasiadas vueltas a un tema que no debía importarme en principio. Pero, el destino, quiso que ella estuviera en el ascensor. Le dije “Hola”, ella me sonrió, aquello me llegó al corazón de una manera muy especial. No sé qué era pero no me dejaba continuar conversación, ella se fue diciendo “Adiós, nos vemos”, yo sólo pude decirle “hasta pronto”, pero dudo que lo escuchara ya que las puertas estaban cerradas cuando reaccioné. Al llegar a mi cuarto, me puse a dar vueltas por la habitación, pensando en aquella mirada, aquella sonrisa…
Otra vez volví a pensar que le daba muchas vueltas a algo que carecía de importancia. Cuando de repente sonó la puerta. Ilusionado fui corriendo a abrir, pero era el recepcionista, quería decirme que mañana había un evento que celebraba el hotel, me dio un folleto y se fue. El folleto decía:
“Querido residente del hotel. Mañana a las 14:15, en la sala de desayunos, reuniremos a los residentes del hotel para que nos comuniquen sus quejas y podamos hacer este hotel mas ameno […]”.
Pensé que no estaría mal, a lo mejor veía a aquella chica.
A la mañana siguiente, me levanté pronto para vestirme e ir al evento. Llegué cinco minutos pronto, y allí no había nadie. Al cabo de un rato, llego ella. Fingía creer que estaba solo para ponerla a prueba, y que me hablase. Pero eso no ocurrió.
Poco a poco fue llegando más y más gente, incluido el presidente de la cadena de hoteles a la que yo estaba de alguna u otra manera ligado.
El presidente nos dio unas papeletas para dejar nuestras quejas:
La azul, era para los que se quejaban de la electricidad.
La roja, para los que se quejaban del agua.
La verde, para los que tenían otras quejas.
Yo no tenía ninguna, por eso no cogí. Casualmente, ella tampoco.
Se acercó a mi y me dijo “A mi este hotel me gusta ¿A ti qué te parece?”, eso me dejó un poco extrañado, nunca me habló, pero no la iba a dejar con la pregunta en el aire y le dije “Bien, es ameno. Si quieres quedamos y tomamos algo”, ella me asintió con la cabeza y me dijo que a las 22:00 me esperaba en la sala de cenas.
Cuando llegué a casa no me creía el paso que acababa de dar, ni lo que sentía, ni que me iba a poner… sólo saltaba de alegría de lado a lado de la habitación.
Esa tarde llamé a mi hermana, puesto que necesitaba ayuda en chicas. Nunca tuve una cita y parecía que hoy era la primera de mi vida. Ella me dijo que le hiciera reír, que eso era vital.
Y rapidísimo llegó la noche y la hora de la verdad.
Llamé a la puerta y me recibió con un “Hola vecino” y una sonrisa (Su sonrisa…)
Entramos y nos sentamos en el sofá, empezamos a hablar e interactuar, y hubo una buena conexión entre ambos, adentrada la madrugada bebimos un poco de vino tinto que tenía para las “ocasiones especiales”. El alcohol se nos subió a la cabeza sobre la una de la madrugada… yo aún tenía un poco de control sobre mis actos. Y decidí dar por pospuesta aquella cita, hasta mañana u otro día. Aunque al despedirnos, dejó de ser tan seco y me dio un beso seguido de un guiño de ojo. Aquella noche tuve sueños geniales con una vida junto a ella.
A los 3 días, me llamó otra vez para quedar, pero esta vez al instante. Subí a su cuarto y estaba ella en el sofá. Me dijo que lo que ocurrió el último día fue un error, que lo sentía mucho, que el alcohol le hizo hacer algo que ella no quería. Por dentro me rompía el corazón, pero fingía estar bien, e incluso hice algún chiste para crear buen ambiente. Pero al irme, se me derrumbó el mundo encima. Me fui al bar del hotel, a encerrarme en el alcohol, paradójicamente, el que hizo realidad mi mejor sueño y mi peor pesadilla a la vez… Una furia extraña me estaba entrando cada vez que bebía. Pagué la cuenta y me fui a mi cuarto.
Allí me miré al espejo, y no dejaba de pensar en ella, en ella, y sólo en ella…
Salí del hotel y me quedé en las puertas dormido. Al día siguiente desperté en su cuarto, y ella me miraba con cara de enfadada, le pregunté que ocurría y me dijo: “No sirves para nada, yo te quería y no eres más que un simple vagabundo de taberna en taberna, hazme un favor, no vuelvas a mirarme si quiera, por favor, vete”.
Me fui, sin saber nada, con dolor de cabeza y al llegar a casa mi odio creció de repente, me entró rabia, furia, odio y decidí coger un cuchillo e ir hacia su habitación.
Al llamar, salió ella gritándome, al instante, le clavé el cuchillo en el cuello mientras decía “Te quiero, te quiero para mí, por eso te espero en el cielo, para que cuando yo vaya… estemos juntos sólo nosotros dos”. Cuando dejó de respirar, me fui a mi cuarto.
Esta es mi historia, mi único amor; ella, mi único amigo; el alcohol, mi único enemigo; el alcohol. La policía llegaba al hotel. Yo quería reunirme con ella. Y cuando entró la policía, salté al vacío, al vacío de la calle mojada por las lágrimas de aquella noche, las lágrimas de un amor borracho e iluso. Las lágrimas de nuestros corazones que en paz descansan juntos… juntos.